Una adivinación de una catástrofe
un oleaje de olvido después de la ternura
una especie de culpa sin castigo
de furia en paz con su gran Guerra.
Juan Gelman
Manifiesto Ternura
Cada día que pasa siento que algo de mí se transforma, muere, y culpo a la rutina por el desgaste de mí. Pienso que todos llevamos un parásito debajo de la piel, como en la Matrix, algo que se aloja en un espacio vacío entre el estómago y el corazón y que poco a poco nos devora, hasta hacer de nuestro rostro el suyo, hasta que abandonamos lo que fuimos, somos, seremos.
Algo de nosotros tiene que morir para poder acercarnos al otro. ¿Has visto la forma en que los insectos rompen su cascarón para salir desnudos, de nuevo, a un mundo que ya conocían, pero siendo otros, habiendo abandonado su viejo cuerpo? La única constante de la vida es el despojo, el abandono; tal vez tenemos que romperlo todo para encontrar algo.
Sin embargo, creo que hay otro camino: el amor. «En el amor no existe lo verdadero sin lo irreparable», escribió Félix Grande, y en sus palabras encontré una respuesta que me gusta: quien ama se apodera de lo irreparable, hace verdadero lo que está roto, transmuta, acaso sin quererlo, las ruinas en canciones.
«Cada hombre mata lo que ama», escribió Wilde. Para mí el amor es una forma de la muerte, sí, pero no del otro, sino de uno mismo —que acaso también es otro—: el que apuesta por el amor como forma de enfrentarse al mundo elige suicidarse, despojarse de quien es para aprehender al mundo y volverlo parte de su propia alma.
Aunque el diccionario define la ternura como «sentimiento ante las personas, cosas o situaciones que se consideran merecedoras de un amor o un cariño puro y gratuito, por su dulzura, debilidad o delicadeza», considero la ternura como un sentimiento más profundo, como una apuesta por reconciliar las cosas del mundo en su punto medio.
La ternura es, para mí, el amor por el amor.